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ENEMIGO ÍNTIMO
Hay tardes en que todo huele a enebro quemado y a tierra prometida. Tardes en que está cerca el mar y se oye la voz que dice: "Ven". Pero algo nos retiene todavía junto a los otros: el amor, el verbo transitivo, con su pequeña garra de lobezno o su esperanza apenas. No ha llegado el momento. La partida no puede improvisarse, porque sólo al final de una savia prolongada, de una pausada sangre, brota la espiga desde la simiente enterrada.
En esas largas tardes en que se toca casi el mar y su música, un poco más y nos bastaría cerrar los ojos para morir. Viene de abajo la llamada, del lugar donde se desmorona la apariencia del fruto y sólo queda su dulzor. Pero hemos de aguardar un tiempo aún: más labios, más caricias, el amor otra vez, la misma, porque la vida y el amor transcurren juntos o son quizá una sola enfermedad mortal.
Hay tardes de domingo en que se sabe que algo está consumándose entre el cálido alborozo del mundo, y en las que recostar sobre la hierba la cabeza no es más que un tibio ensayo de la muerte. Y está bien todo entonces, y se ordena todo, y una firme alegría nos inunda de abril seguro. Vuelven las estrellas el rostro hacia nosotros para la despedida. Dispone un hueco exacto la tierra. Se percibe el pulso azul del mar. "Esto era aquello". Con esmero el olvido ha principiado su menuda tarea...
Y de repente busca una boca nuestra boca, y unas manos oprimen nuestras manos y hay una amorosa voz que nos dice: "Despierta. Estoy yo aquí. Levántate". Y vivimos.
Gala
MUNDO ANDANTE
Andamos desconcertados, hundidos en problemas que nos crea gente a la que no conocemos, o distraídos en realidades que no son, coches, prendas, escaparates, prensa, radio, eternamente andando, para que de vez en cuando se dibuje una sonrisa en el horizonte urbano, y así darse cuenta de que sonreír cuesta poco. ¿Sabéis que? Me marcho a sonreír al que más serio me mire.
Felipe Evaristo Gómez Pescador
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